Querida Amma:
Acabo de hablar contigo por teléfono y he sentido la alegría y la impaciencia en tu voz, deseosa de saber el día en el que vas a volar hasta Sevilla y encontrarte con esta familia de vacaciones que también te espera con impaciencia.
Me gustaría llamarte un día por teléfono y decirte que han dicho en las noticias que vais a volver a vuestra tierra, que tenéis que hacer rápidamente el equipaje, recoger jaimas, alfombras, mantas y cerrar por fin los baúles que hace unos años tuvísteis que abrir de nuevo.
Sueño contínuamente ese día y pienso cómo lo soñareis vosotros.
Cuántos niños no morirían cada año en invierno, cuántos ancianos podrían reunirse en la playa al atardecer para recordar, entonces con alivio, el calor de aquel exilio de arena y nada.
Sueño con las caras de los alumnos y alumnas que, como los míos, asistirían a clase en los institutos, la algarabía de los recreos, el olor a mar que entraría por las ventanas mientras que el profe de español contaba todos los cuentos que habían leído en el muhayem, gracias al camión del Bubisher.
Querida Amma, qué ganas de que un día muy cercano los niños y niñas enfermos tengáis un Centro de Salud cerca de vuestra casa...
Tantos sueños, tantos deseos....
Y surge, como siempre, la impotencia. Porque esos sueños y esos deseos deberían ser realidad, y los años de exilio, una triste pesadilla.
Y hasta entonces, tendremos que hacer hasta lo imposible para que el máximo de niños pueda salir en verano del infierno de la hamada.
Cada niño saharaui es un embajador de su pueblo, y la casa que lo acoge es el suelo del pueblo que reconoce a su país, sin necesidad de papeles ni fotos de compromiso de políticos que después rinden pleitesía al tirano invasor.
Querida Amma, pronto llegarás a tu casa de Lebrija en la que todos te esperamos con los brazos abiertos, y con el grito de Sáhara Horra en nuestros corazones.
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